
Eolo, hijo de Neptuno, suelta la tormenta, y la rana se transforma en ladrillo.
El ladrillo se vuelve un huevo, y el huevo a su vez es un pollo,
y el pollo era un príncipe muy importante
(era hijo del pollo que cruzó la carretera).
Los marinos muy preocupados y molestos piden a Neptuno que reprenda a su hijo Eolo.
Neptuno accede a la petición y manda a volar a Eolo, y este vuela por los aires,
vuela, flota, fluye, planea y se deja llevar por sí mismo...
¡Hasta cuándo lo soporto! -dice mientras viaja por el espacio.
Eolo se prepara para soplar.
Luego, en la dimensión desconocida,
seis hombres de blanco aparecen bajo el manto azul de Neptuno,
se arrodillan, lo admiran, se sorprenden, y alzan la voz:
- ¡Por las barbas de Neptuno! ¡miren cuánta barba!
Todos miran atónitos la voluminosa y larga barba de Neptuno,
(es que si la viérais, oh, te volverías loca)
y le suplican que detenga a Eolo, quien
en el más allá
menta un plan más allá de lo divinamente posible
para soplar y soplar y soplar y soplar tanto
que ni Neptuno y sus aguas podrían contenerse y no desparramarse.
Y Neptuno habló.
Neptuno habló y los hombres blanco-ataviados
escucharon con atención lo que el gran Neptuno tenía que decir.
- MUAC MUAC MUAC MUAC MUAC -besó Neptuno a cada uno de los hombres,
y retirándose a lo hondo de sus reinos, sonrío.
(Al sonreir, Neptuno agitó tanto sus barbas
que los hombres fueron golpeados por las mismas
y murieron al instante por el gran azote divinamente recibido).
Eolo, por otra parte, consulta con su psicólogo el porqué de su infortunio.
- I’m terribly sorry, but that’s not my problem -dice el Dr. Antümañke.
Todo cambia, todo cambia. ¿Acaso no oyes el reloj correr?
Siente tu cuerpo fundirse, y como dijo Peter Gabriel:
"Ooee ooee ooee oowaa
¡Mamá, te necesito ahora!"
Y hablo de necesidad, ¡porque es mi necesidad fundirme también!
Eolo se vuelve loco y algunas estrellas se desvanecen a su lado.
Y el viento se desvanece, y con él, Neptuno desaparece.
¡Oh, qué desdichada situación!
